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prueba de rol de aegon

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prueba de rol de aegon

Mensaje por Himemoonpie el Jue Jun 18, 2015 9:44 pm

And I need to know how


En alguna parte de Tyrosh, Essos. Final de la guerra de las fronteras. (Guerra de Volantis contra Myr, Lys y Tryosh.

Podía percibir el olor a sangre, muerte y sudor incluso con su yelmo puesto. Era todo un desastre lo que había ocurrido en esa batalla. Las tropas no habían estado bien organizadas; unas peleaban en un lado y otras cuantas estaban al otro extremo. Desde el lomo de Balerion podía ver todas las líneas de defensa que habían sido dejadas abiertas, y que, si no hubiera sido porque el enemigo estaba demasiado aturdido con el fuego negro del dragón, lo hubieran tomado a su ventaja. Gracias a los dioses, no lo habían hecho. Él nunca había estado en una guerra y aun así había sido capaz de notar todos los errores que habían cometido los generales. Errores que serían capaz de ocasionar una derrota, pensaría luego.

Escuchó a Balerion resollar, aburrido. El dragón era poderoso, el más poderoso de los tres, por eso se encontraba hastiado de volar por entre las cabezas de los hombres y escupir fuego una que otra vez. Y Aegon lo entendía; Balerion necesitaba acción, no estar volando de un lado a otro sin hacer nada. Pero el joven Targaryen tenía sus razones para hacerlo. Él evaluaba desde el lomo de su dragón el cómo los hombres peleaban, qué decisiones se tomaban en la incertidumbre de una batalla… Lo habían educado desde su infancia en todas las artes bélicas, espadas, arcos y flechas, cómo pelear y cómo defenderse, sin embargo, el vivir una guerra era totalmente distinto a lo enseñado. Aegon había visto en ese campo de batalla como los ojos de hombres -algunos con muchísima experiencia- se nublaban con el miedo a morir.

Había muerto demasiada gente en esa batalla. Pero el enemigo aún no se rendía; aún no desistía en su idea de recrear una nueva Valyria. Volantis no aceptaba la independencia de las nuevas Ciudades Libres, causando ese desastre. Un caos que pudo haber sido evitado con una buena negociación o una buena estrategia. Pero ya el daño estaba hecho. Ahora sólo existía una solución: acabar con la batalla ya.

Frunció el ceño, apretó con fuerza a Fuegoscuro, que estaba en su mano derecha, y haló las riendas de Balerion, comandándole en alto valyrio a elevarse más. El dragón resopló, antes de elevarse por los cielos, subiendo tan alto como sus pesadas alas negras le permitieron. El aire fresco golpeó contra su rostro, colándose por la rendija de su yelmo. El sudor que se había acumulado en su ceño se secó al instante, mientras que sus ojos violáceos se entrecerraron debido a la molestia que le ocasionaba la fuerza del viento al golpearle. Balerion continuó subiendo hasta detenerse en pleno vuelo. Aegon observó a su alrededor, estaba rodeado de nubes blancas y a duras penas podía ver las tierras en donde se llevaba a cabo la batalla. No se escuchaban los gritos de los hombres y tampoco el golpear de las espadas contra otras. Era un ambiente de calma, donde sólo podía percibir a respiración de su dragón y el fuerte palpitar de su corazón.

Ya entendía el por qué Rhaenys adoraba tanto volar sobre Meraxes y pasar horas por el firmamento.

Respiró hondo, antes de jalar una vez más las riendas del dragón. Balerion giró sobre sí mismo, dejándole unos microsegundos de cabeza, antes de volar en caída libre hacia el campo de batalla. Si antes el golpe del viento había sido molestoso, en esos instantes fue mil veces peor. La fuerza con la que el viento chocaba contra su armadura negra y contra su yelmo era bestial. Apretó con fuerza las riendas de Balerion y la empuñadura de Fuegoscuro, y en cuanto la sombra del dragón opacó a gran parte de las tierras en las que se luchaba, lanzó un grito de guerra.  Un comando en alto valyrio dirigido a sus dioses, especialmente a los dioses Balerion, Meraxes y Vhagar.

Balerion abrió su boca y escupió una gigante bola de fuego negra, la misma que se esparció por el área, consumiendo a todo hombre que estaba en su camino. Cruzó el área, batiendo sus alas con fuerza y llevándose enredado a todo aquel que no hubiera sido víctima de las mortales llamaradas. Los gritos de dolor inundaron su mente, y por un instante sintió lastima por todas las vidas perdidas, sin embargo, continuó comandando a Balerion para que continuara asaltando las tierras. El enemigo había tenido tiempo para rendirse y cesar con sus ideales de conquista, pero ese tiempo ya había pasado. Habían perdido su oportunidad y ahora pagaban las consecuencias con fuego y sangre.

En poco tiempo, el área se cubrió por humo, cenizas y el nauseabundo aroma de carne humana quemada. Pocos eran los gritos del enemigo, o al menos él no les percibió. Voló por la asolada área, haciendo un conteo mental de cuantos daños había provocado el ataque de Balerion. Dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de que ya no tenía caso seguir contando los cuerpos quemados; el dragón era un arma imponente, capaz de poner fin a una batalla.

Tal y como había sucedido en esos momentos.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando una flecha le rozó el yelmo. No le había causado daño alguno, no obstante, le hizo comprender que debía estar más atento. Podía estar sobre el lomo de una de las bestias más poderosas del mundo, y aun así, eso no evitaba el que corriera riesgos. Él era tan mortal como cualquiera de esos soldados que habían perecido en la batalla, por ello debía ser más cauteloso. Aegon estaba decidido a no morir allí. Tenía demasiadas razones para no hacerlo. Visenya y Rhaenys encabezaban la lista, por supuesto. Y luego estaba la extraña sensación -¿o era ambición?- de que él estaba destinado a algo más. Algo más grande que el mero hecho de ganar una batalla en Tyrosh. Era una extraña sensación de que su nombre tenía que ser recordado.

Él estaba destinado a algo, pero aun no entendía a qué.

Negó la cabeza, antes de ordenar en alto valyrio a Balerion para que se detuviera en medio de su destrucción. Desmontó el dragón de un salto, y con Fuegoscuro en una mano, comenzó a caminar. Desde allí podía escuchar los últimos ataques; Volantis había perdido y la gran parte del ejército o había muerto o se habían retirado. Se quitó el pesado yelmo de dragón y arrugó la nariz ante el aroma a quemado. Dedujo que pasarían días -o quizás semanas- para que ese olor desapareciera. Y no era que le molestara el olor a humo, pues estaba bastante acostumbrando teniendo en cuenta donde quedaba su fortaleza, sino que el malestar surgía del hedor de la carne humana calcinada.

Blandió a Fuegoscuro cuando vio a un soldado de Volantis acercarse. El hombre -de quizás unos veintitantos- tenía el rostro manchado de sangre seca y de cenizas. Dejó caer su espada y se arrodilló. Los ojos violáceos de Aegon examinaron al hombre, que temblaba bajo su inmutable mirada. No era un comandante, tampoco pertenecía a ningún tipo de rango superior, sus deshiladas ropas así lo confirmaban.  "K-kostilus, Āeksio,*" El hombre rogó por misericordia, hecho que le hizo bajar su espada y pasar por al lado del hombre sin tocarle. Él no iba a matar a un hombre que se había rendido ante él. Tampoco le preocupaba que el hombre fuera a intentar atacarle, él era más hábil.  "Kirimvose, kirimvose**…" Aegon continuó caminando. Había otras cosas más importantes que hacer, entre ellas encontrar a los generales de Tyrosh, Lys y Myr, para luego regresar a Rocadragón.
nota:
*por favor, mi Lord*

*Gracias, gracias*

AEGON TARGARYEN




Código:
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[justify]Podía percibir el olor a sangre, muerte y sudor incluso con su yelmo puesto. Era todo un desastre lo que había ocurrido en esa batalla. Las tropas no habían estado bien organizadas; unas peleaban en un lado y otras cuantas estaban al otro extremo. Desde el lomo de Balerion podía ver todas las líneas de defensa que habían sido dejadas abiertas, y que, si no hubiera sido porque el enemigo estaba demasiado aturdido con el fuego negro del dragón, lo hubieran tomado a su ventaja. Gracias a los dioses, no lo habían hecho. Él nunca había estado en una guerra y aun así había sido capaz de notar todos los errores que habían cometido los generales. [i]Errores que serían capaz de ocasionar una derrota,[/i] pensaría luego.

Escuchó a Balerion resollar, aburrido. El dragón era poderoso, el más poderoso de los tres, por eso se encontraba hastiado de volar por entre las cabezas de los hombres y escupir fuego una que otra vez. Y Aegon lo entendía; Balerion necesitaba acción, no estar volando de un lado a otro sin hacer nada. Pero el joven Targaryen tenía sus razones para hacerlo. Él evaluaba desde el lomo de su dragón el cómo los hombres peleaban, qué decisiones se tomaban en la incertidumbre de una batalla… Lo habían educado desde su infancia en todas las artes bélicas, espadas, arcos y flechas, cómo pelear y cómo defenderse, sin embargo, el [i]vivir[/i] una guerra era totalmente distinto a lo enseñado. Aegon había visto en ese campo de batalla como los ojos de hombres -algunos con muchísima experiencia- se nublaban con el miedo a morir.

Había muerto demasiada gente en esa batalla. Pero el enemigo aún no se rendía; aún no desistía en su idea de recrear una nueva Valyria. Volantis no aceptaba la independencia de las nuevas Ciudades Libres, causando ese desastre. Un caos que pudo haber sido evitado con una buena negociación o una buena estrategia. Pero ya el daño estaba hecho. Ahora sólo existía una solución: acabar con la batalla ya.

Frunció el ceño, apretó con fuerza a Fuegoscuro, que estaba en su mano derecha, y haló las riendas de Balerion, comandándole en alto valyrio a elevarse más. El dragón resopló, antes de elevarse por los cielos, subiendo tan alto como sus pesadas alas negras le permitieron. El aire fresco golpeó contra su rostro, colándose por la rendija de su yelmo. El sudor que se había acumulado en su ceño se secó al instante, mientras que sus ojos violáceos se entrecerraron debido a la molestia que le ocasionaba la fuerza del viento al golpearle. Balerion continuó subiendo hasta detenerse en pleno vuelo. Aegon observó a su alrededor, estaba rodeado de nubes blancas y a duras penas podía ver las tierras en donde se llevaba a cabo la batalla. No se escuchaban los gritos de los hombres y tampoco el golpear de las espadas contra otras. Era un ambiente de calma, donde sólo podía percibir a respiración de su dragón y el fuerte palpitar de su corazón.

Ya entendía el por qué Rhaenys adoraba tanto volar sobre Meraxes y pasar horas por el firmamento.

Respiró hondo, antes de jalar una vez más las riendas del dragón. Balerion giró sobre sí mismo, dejándole unos microsegundos de cabeza, antes de volar en caída libre hacia el campo de batalla. Si antes el golpe del viento había sido molestoso, en esos instantes fue mil veces peor. La fuerza con la que el viento chocaba contra su armadura negra y contra su yelmo era bestial. Apretó con fuerza las riendas de Balerion y la empuñadura de Fuegoscuro, y en cuanto la sombra del dragón opacó a gran parte de las tierras en las que se luchaba, lanzó un grito de guerra.  Un comando en alto valyrio dirigido a sus dioses, especialmente a los dioses Balerion, Meraxes y Vhagar.

Balerion abrió su boca y escupió una gigante bola de fuego negra, la misma que se esparció por el área, consumiendo a todo hombre que estaba en su camino. Cruzó el área, batiendo sus alas con fuerza y llevándose enredado a todo aquel que no hubiera sido víctima de las mortales llamaradas. Los gritos de dolor inundaron su mente, y por un instante sintió lastima por todas las vidas perdidas, sin embargo, continuó comandando a Balerion para que continuara asaltando las tierras. El enemigo había tenido tiempo para rendirse y cesar con sus ideales de conquista, pero ese tiempo ya había pasado. Habían perdido su oportunidad y ahora pagaban las consecuencias con [i]fuego y sangre[/i].

 En poco tiempo, el área se cubrió por humo, cenizas y el nauseabundo aroma de carne humana quemada. Pocos eran los gritos del enemigo, o al menos él no les percibió. Voló por la asolada área, haciendo un conteo mental de cuantos daños había provocado el ataque de Balerion. Dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de que ya no tenía caso seguir contando los cuerpos quemados; el dragón era un arma imponente, capaz de poner fin a una batalla.

Tal y como había sucedido en esos momentos.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando una flecha le rozó el yelmo. No le había causado daño alguno, no obstante, le hizo comprender que debía estar más atento. Podía estar sobre el lomo de una de las bestias más poderosas del mundo, y aun así, eso no evitaba el que corriera riesgos. Él era tan mortal como cualquiera de esos soldados que habían perecido en la batalla, por ello debía ser más cauteloso. Aegon estaba decidido a no morir allí. Tenía demasiadas razones para no hacerlo. Visenya y Rhaenys encabezaban la lista, por supuesto. Y luego estaba la extraña sensación -¿o era ambición?- de que él estaba destinado a algo más. Algo más grande que el mero hecho de ganar una batalla en Tyrosh. Era una extraña sensación de que [i]su[/i] nombre [i]tenía[/i] que ser recordado.

Él estaba destinado a algo, pero aun no entendía a qué.

Negó la cabeza, antes de ordenar en alto valyrio a Balerion para que se detuviera en medio de su destrucción. Desmontó el dragón de un salto, y con Fuegoscuro en una mano, comenzó a caminar. Desde allí podía escuchar los últimos ataques; Volantis había perdido y la gran parte del ejército o había muerto o se habían retirado. Se quitó el pesado yelmo de dragón y arrugó la nariz ante el aroma a quemado. Dedujo que pasarían días -o quizás semanas- para que ese olor desapareciera. Y no era que le molestara el olor a humo, pues estaba bastante acostumbrando teniendo en cuenta donde quedaba su fortaleza, sino que el malestar surgía del hedor de la carne humana calcinada.

Blandió a Fuegoscuro cuando vio a un soldado de Volantis acercarse. El hombre -de quizás unos veintitantos- tenía el rostro manchado de sangre seca y de cenizas. Dejó caer su espada y se arrodilló. Los ojos violáceos de Aegon examinaron al hombre, que temblaba bajo su inmutable mirada. No era un comandante, tampoco pertenecía a ningún tipo de rango superior, sus deshiladas ropas así lo confirmaban.  [color=#ff3300]"K-kostilus, Āeksio,*"[/color] El hombre rogó por misericordia, hecho que le hizo bajar su espada y pasar por al lado del hombre sin tocarle. Él no iba a matar a un hombre que se había rendido ante él. Tampoco le preocupaba que el hombre fuera a intentar atacarle, él era más hábil.  [color=#ff3300]"Kirimvose, kirimvose**…"[/color] Aegon continuó caminando. Había otras cosas más importantes que hacer, entre ellas encontrar a los generales de Tyrosh, Lys y Myr, para luego regresar a Rocadragón.[/justify]
nota:
[i]*por favor, mi Lord*

*Gracias, gracias*[/i]
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